BLOG de LITERATURA: Cuando la Felicidad Llega

Foto de hoy

Escrito por tatianabcn 18-09-2016 en Poesía. Comentarios (0)


Relato corto- Inocencia

Escrito por tatianabcn 15-09-2016 en Relato corto. Comentarios (0)

En el verano del 2008, María Elena preparaba con esmero su huida.

En el pequeño pueblo de Castellar de la Frontera, en pleno agosto, el sol era tan intenso que la obligaba a no salir demasiado a la calle, y fue esa la excusa que había utilizado para no acompañar a sus padres y hermanos  al cumpleaños de una prima, en la capital. Aprovechó entonces para hacer la maleta de piel marrón que había comprado de segunda mano con sus ahorros. Ella, que no era demasiado ordenada ni limpia, desde que padecía depresión que creía crónica, colocó sus mejores prendas, las imprescindibles, como: faldas, pantalones, ropa interior, blusas, jerséis, bufandas, zapatos, todos con estampados de diminutas figuras florales, de diversos colores, ninguno llamativo, y un abrigo, ordenadamente, como solo se molestaba en hacer en ocasiones especiales.

Mientras doblaba sin prisa, pieza por pieza, intentaba estar lo suficientemente preparada para cualquier clima, porque no tenía la menor idea de cuál era el clima de Brasil, el país que había escogido con billete solo de ida.

Su aspecto  era lamentable. No se había duchado, ni lavado los dientes, ni maquillado, ni cambiado la ropa con la que había dormido la noche anterior, desde hacía algunos días. Su largo pelo rubio que llevaba recogido en un moño alto, lo cual le daba un aspecto bastante natural, no la ayudaba, y por mucho que intentara acomodarse la ropa y por muy atractiva que fuera, a veces su olor delataba su abandono y dejadez personal. En casa, muchas fueron las ocasiones en que sus hermanos la llamaban apestosa. La depresión hacía mella en su ánimo. Sus bellos ojos miopes tenían un brillo que delataba una tristeza muy profunda, inexplicable. Diez años llevaba en aquella situación, no pudiendo ningún psicólogo hacer nada por ella, porque, en primer lugar, no veía como las demás personas, sino que estaba subconscientemente tan profundamente dormida, que no creía o admitía que estuviera enferma, enfermedad que para sus hermanos no “era nada”, pues para ellos, su hermana sufría de una flojera patológica.

Mientras hacía su maleta se le saltaban las lágrimas de puro temor a lo desconocido, tristeza por dejar a su familia  a quienes amaba a pesar de toda su ignoración, y sobretodo, pensar en que no sería capaz de dar el paso. Y así, llorando amargamente sin hacer ningún ruido, en su habitación, encogida en la orilla de su cama, abrazada a su fría maleta, lo cual le aliviaba un poco la calor, con las persianas bajadas, sintiéndose poco o nada amada, pensaba en la muerte y en que no quería morir sin haber vivido un poco, sin haber tenido hijos y haber conocido un hombre bueno. Tenía 30 años y ninguno de los hombres que había conocido la había amado como ella a ellos, tampoco ninguno de los trabajos que ella hacía mecánicamente en fábricas y supermercados, de los que se había despedido o marchado sin avisar, le habían llenado, y  tampoco sus  varias incursiones en la universidad, en distintas carreras, después de aprobar el bachillerato y la selectividad con notas mediocres, habían sido exitosas, porque no tenía apoyo moral para seguir estudiando en una familia donde nadie había pasado del colegio. Familia de padres barrenderos, de escasísimos recursos.

Muchas habían sido las veces que inútilmente había intentado independizarse, por su inestabilidad personal, la que le daba la depresión y las nulas bases familiares. Por eso dudaba si dar este último paso hacía un lugar donde  su familia no detuviera sus pasos con sus críticas destructoras que la hundían más. Quería romper esos lazos, aunque se sintiera perdida, pero lloraba  a pleno pulmón, porque sentía que iba a fracasar y su familia ya estaba en poco tiempo de vuelta.

Inmersa en esos problemas, de repente, sus párpados fueron atravesados por una fuerte luz, y casi sin fuerza, abrió los ojos. Asustada pestañeó varias veces para comprobar que la brillante luz que se expandía por la habitación, desde un punto elevado del techo, dejando caer pequeñas partículas como perlas de agua, por todos lados, era real. Antes siquiera de pensar en reaccionar, surgió de dicha luz un ser, un hombre de facciones hermosas, piel color melocotón y vestimentas largas y más blancas que todo lo blanco de la tierra. El ser de luz había surgido  a partir del punto brillante de la nada. En seguida éste habló, y su voz de plena bondad le trasmitió una paz que nunca antes había experimentado. María Elena observaba perpleja, una vez callado su llanto.

-  No temas María Elena. Soy un ángel del Señor cuyo mensaje vengo a darte.

María Elena, quien solo había estado en la iglesia para su primera comunión y algún bautismo o boda, se sorprendió mucho internamente.

-  El Señor ha visto tu sufrimiento y quiere que sepas que no ha sido en vano. Sabemos todo lo que has pasado siendo adoptada. Te dieron en adopción por que tus padres murieron. La familia que te ha criado fue designada por el Señor para que desarrollaras tu potencial, aunque te haya maltratado, te haya humillado e ignorado fuertemente. – El ángel hizo una pausa observándola con compasión, quien empieza a darse cuenta de un momento a otro del porqué del rechazo de sus hermanos, del porqué del color de su cabello y piel, y cómo ella era la única que lo ignoraba.

-  No dudes en marcharte a Brasil. Has sido escogida por el Señor para compartir el Evangelio por todo el mundo. No te preocupes por tu soledad, llegará a tu vida un  hombre digno de ti y con él tendrás hijos. El resto el Señor proveerá.

-  La causa de tu depresión es que no te perdonas a ti misma María Elena, y tocando el aire dibuja en el mismo la escena de una película que se presenta como el un retablo de una santa. – Estás profundamente triste porque no pudiste salvarlos a ellos. La escena empieza a transcurrir en la pantalla celestial: una mujer de casi su misma edad, con su mismo rostro, estatura, pelo y mirada, aunque vestida con largos vestidos medievales, luchando enérgicamente, armada de una espada, contra hombres salvajes para defender a sus hijos, éstos la rodean, entonces sus hijos se dispersan, la entretienen y los niños mueren uno a uno,  en una noche oscura y fría, en un tiempo indefinido. – No pudiste hacer nada por tus hijos en tu primera vida, y si ahora estás triste, en su séptima vida estabas muy enfadada. Mira:

Dio continuación a la escena con un ligero toque en el vacío luminoso. El retablo mostraba varias escenas al mismo tiempo, las diferentes etapas de la vida de un hombre, en todas ellas éste rezaba mucho, y hacía diferentes rituales para cortar el pan, lavarse las manos, cortarse el pelo, etc. Al mismo tiempo cuando llegaba a casa, una humilde casa de Europa, de un país bastante exótico para María Elena, maltrataba a su mujer. Parecía no contentarse con nada, por mucho que su mujer e hijos intentasen agradarle. Tiraba la mesa puesta, insultaba, empujaba y ofendía, y menospreciaba a toda su familia, quien en su lecho de muerte, le cuidaron hasta el fin.

María Elena, comprendió que, a lo mejor, las almas no tenían sexo y que venían a la tierra como hombres y mujeres para vivir todas las experiencias. Para ella, que observaba preocupaba con quedar bien ante aquella autoridad, todo era nuevo y abrió aún más los ojos.

-  Maltrataste toda la vida a tu mujer, pero ella te perdonó cuando expiraste, por eso tuviste que purgar tus pecados en esta vida, y porque tu esencia es esencialmente pura y leal hacia Dios, el Señor te pide, para que cumplas sus propósitos en la tierra, que te perdones, María Elena. Tus hijos están bien. Debes ahora perdonar y olvidar y pensar que tienes un futuro maravilloso por delante.

Cuando el ángel desapareció no había pasado ni cinco minutos desde que llegara misteriosamente, y sus padres estaban a punto de volver. Entonces, atolondrada, pero mucho más animada, se dio prisa en salir de la casa, cargando la gran maleta en dirección al aeropuerto de Málaga, determinada a viajar a Brasil, pues ahora tenía una motivación para marcharse y olvidarse de la tristeza que, poco a poco desaparecía de sus pupilas, como se disipa una nube que le durara una eternidad de diez años.

En el avión pensando secretamente en todo lo que el ángel le había revelado, no logró dormir durante las 12 horas de la travesía Málaga-  Madrid, Madrid – Sao Paulo, aeropuerto Internacional de Guarulhos. En sus ensoñaciones decidió intentar perdonarse algo que le era, o que le parecía que le era, ajeno.

Nada más desembarcar, se preparó para el invierno brasileño que habían anunciado las azafatas, esperando recibir una ráfaga de aire frío en la piel, sin embargo, le sobrevino una especie de garoa brasileira acompañada de un ligero viento tibio, muy agradable. Así era el invierno tropical brasileño. Entonces, postergando su preocupación sobre su situación económica personal, buscó primero recoger su maleta, donde tenía todas sus pertenencias, las únicas cosas que poseía. Así, sin más, se dirigió a la  banda de equipajes donde permaneció junto con sus compañeros de viaje, cuyas facciones reconocía por la convivencia en el largo trayecto, y veía, paulatinamente como pasaban una por una, las maletas, hasta que apareció la suya, pero sin su paraguas que iba atado a la misma.

Su desazón había ido creciendo como la leche que está fría, hierve y desborda la cacerola, y lo mancha todo. Así manchada de angustia y temor  por si la lluvia continuara, buscó la ventanilla de reclamaciones. Allí plantada, sin teléfono que ofrecer para contacto, prometió volver a la funcionaria, quien le entregó el resguardo de su reclamación con algunos folletos de publicidad, los cuales ojeó detalladamente. El resguardo. Lo guardó en su bolso. Un mapa no muy detallado del centro de Sao Paulo. Lo guardó en su bolso. Y la publicidad de una iglesia cristiana evangélica que miró con detalle. La iglesia buscaba voluntarios a cambio de cama y comida para sus obras sociales. Pensando en la tremenda casualidad, tomó el caótico y multitudinario metro en aquella hora punta, en dirección al Barrio de las Perdizes, calle Elisa, número 50.

La zona Oeste de Sao Paulo, en pleno centro de la metrópoli más grande de América Latina, de 20 millones de habitantes, en cuyo Estado cabe casi el tamaño de España entera, era una de las zonas mejorcitas. Sin embargo, era connotativa su dejadez, lo cual hacia honor  a su calificación de tercer mundista, porque, aún en las mejores áreas, el cableado eléctrico era exterior, las calles y carreteras llenas de desperfectos, la gente más humilde parecía indigentes al lado de los más desfavorecidos del primer mundo, el saneamiento dejaba mucho que desear, etc…

La iglesia también era muy humilde, no tanto el letrero despampanante que anunciaba al pastor Pedro, y su largo apellido compuesto. Al lado del templo, un albergue lleno de niños de la calle, niños que habían sido abandonados por distintas razones como drogodependencia o maltrato, o pobreza extrema de los padres.

En el espartano lugar del albergue la acogieron muy bien cuando explicó su situación, y le asignaron una cama a cambio de servir la cena y limpiar la cocina, así todos los días, hasta que ella quisiera.

Cuando terminó sus tareas y ayudó a acostarse a los niños bastante sucios, pues no tenían por costumbre ducharse, y obligarlos era algo peligroso, siendo, muchos de ellos, traficantes, la cocinera le invitó a pasar a la iglesia para escuchar la predicación del pastor, quien, explicó, era un hombre muy conocido e importante del Brasil. María Elena, satisfecha por no haber fracasado en su decisión, acordándose de su familia de España, resolvió no volver a llamarlos nunca más cuando aceptó, pensando también en las palabras del ángel, palabras que quizás la habían llevado hasta allí, escuchar la predica del evangelista.

Aquella no era una iglesia como las católicas. Era muy austera y muy moderna en su construcción. Paredes de edificio recién construido pintadas de blanco, una gran cruz y un pulpito en el altar, desde donde Pedro, el pastor brasileño, alto y apuesto, vestido con traje y zapatos relucientes, muy respetado entre los creyentes, hablaba apasionadamente de Jesús Cristo y la Biblia, cuyo evangelio dominaba en conocimiento. Las personas le escuchaban con atención, daban gloria a dios, aleluyas y asentían fervorosamente.

Cuando terminó, sobre las nueve de la noche, la predicación, el grupo se dispersó y el local se quedó casi vacío. Estaban aún dentro, la cocinera y María Elena, porque su nueva amiga hacía cuestión de presentarle a su pastor – Ele é um homen só – Dijo en portugués  hincándole el codo en la espinilla. María Elena, cansada de trabajar en el albergue, solo quería volver, pero a medida que se acercaba desde la última fila de la iglesia, donde se habían sentado, notó que se trababa de un hombre que respiraba por todos sus poros un amor puro a Dios, un hombre íntegro, recto y sabio. Pedro, al verla, dejó los demás asistentes, a los que explicaba que las iglesias más humildes que acogían a personas pobres, eran las que más necesitaban de “la palabra”, por esa razón estaba allí.

María Elena, sintiéndose fuera de lugar, pues para ella un pastor era lo equivalente a un cura, es decir, un hombre descartado. Sin embargo, él, al verla sonrió ampliamente y la invitó a cenar explicando que no estaba casado, porque era un hombre muy ocupado, demostrando una vez más una honestidad blindada, y que los pastores, al contrario que los curas, se emparejaban.

Después de ducharse en la iglesia, y de vestir una camisa con unos vaqueros más informales, la recogió en el albergue y salieron en la noche paulista, a un restaurante tradicional, frecuentado por la burguesía local, donde sonaba una melodía suave y romántica, como la noche que le sabía cálida, en portugués.  Llegaron, le ofreció una silla caballerosamente, ella se sentó. Comieron arroz com feijao, farofa y un bife regadocon guaraná, ambos lo mismo. Charlaron ingenuamente, a pesar de su edad parecida, y jugaron con las miradas, como con el primer amor. En muchas ocasiones ésta se distraía mirando la gente llegar, sus andares, su acento, pues todo era para ella nuevo, sobretodo el lenguaje lento que hablaba Pedro, para de esa manera conseguir que lo entendiera.

Durante un mes estuvo Pedro pregando en la Iglesia de las Perdizes, y cenando con María Elena por las noches, sin el menor resquicio de malicia o maldad, solo las recatadas miradas, los tonos suaves, las manos entrelazadas por debajo de la mesa que los había hecho entender que eran novios.

La última noche, a sabiendas que tenía que marcharse para su próxima iglesia, en el interior del estado de la Bahía, Pedro estaba inquieto por que tenía algo importante que decirle, o que imponerle. En su última cena dijo, cuándo encontró el momento adecuado.

-  Tem uma vozinha no meu coraçao que disse que você será a minha mulher. María Elena, vem comigo para a Bahía, e para Minas,  e para o mundo inteiro – Le miró ilusionado y tierno – Casa comigo, Maria Elena.

La boda ocurrió en Bahía, en la Iglesia Evangélica de Salvador, en el Pelourinho, el barrio más racial del nordeste. Toda la familia paulista de Pedro se había trasladó allí para el enlace. La novia lucía un  traje  sacado de un  cuento de hadas, blanco y recatado, como antiguamente. El acontecimiento, esplendoroso, fue anunciado en televisión por todos los canales brasileños durante mucho tiempo, y María Elena pasó a ser la mujer del pastor más famoso del Brasil. De esa forma su vida de evangélica pasó a ocupar todas las facetas de la misma, porque transcurría casi siempre dentro de una iglesia, donde empezó, al igual que Pedro, y fijándose en él, a predicar la palabra de Cristo, lo cual descubrió en ella una tremendísima fe, que transmitía con amor, a todo el público.

Su vida perfecta, llena de amor incondicional, primeramente por la iglesia, segundo entre el matrimonio, transcurría con normalidad, pues eran muy bien aceptados donde se presentaban. Sin embargo, noticias empezaron a llegar de las recientes persecuciones a los evangélicos de muchos países. En Nicaragua, habían cesado la entrada a los misioneros, en Cuba también comenzaban a destruir, por orden del gobierno, las iglesias que supuestamente se habían construido ilegalmente, y así en muchos rincones del planeta.

Mientras dormían, una noche, el ángel del Señor, aprovechando del profundo sueño de Pedro, hizo una nueva aparición a su mujer, en sus sueños.

-  María Elena, estás cumpliendo rectamente con la misión que te designó nuestro Señor, pero debes saber algo más, ahora que estás inmersa en el compartimiento del evangelio. Tu familia de sangre era judía, María Elena, pertenecientes a las doce tribus de Israel, la de José de Egipto, el que aparece en el Génesis.

Desconcertada y confundida, percatándose de la historia bíblica del pueblo de Dios, se sintió privilegiada, pero también temerosa. El ángel prosiguió hablando:

-  Debes, a partir de ahora, predicar en el extranjero, en los países donde más falta haga el conocimiento del Evangelio.

-  También debes saber que engendrarás una hija, la que fue tu primogénita, la que perdiste aquella noche, te la devolverá en restitución, nuestro Dios.

Cuando se despertó, comprendiéndolo todo y feliz, ya era por la mañana, en seguida contó a Pedro su sueño, quien la creyó firmemente. Entonces, dejaron su Brasil, y empezando por Europa, recorrieron las principales capitales: Lisboa, Madrid, Paris, Berlín, Roma, Atenas, Londres, etc…Durante un año estuvieron predicando con muy buena acogida, con las televisiones haciéndose eco de su presencia, entrevistándoles en cada ciudad. Cuando en Madrid recibió en la iglesia, una llamada de su madre, de Castellar de la Frontera, cedió a su llanto, y perdonó todos sus desprecios, mostrando tener el corazón de Cristo que le inculcara su marido, luego se marchó con éste a otra ciudad donde comprobó que estaba embarazada. Se pasaron nueve meses y tuvieron una preciosa hija de bonitos y grandes ojos castaños a la que llamaron Ester, uno de los personajes de la Biblia que más apreciaba María Elena.

A pesar de los viajes, los hoteles, las conferencias de prensa, las entrevistas largas, el calor, la nieve, el dolor de pies, entre otros contratiempos, se ocupaban muy bien de su hija, a quien siempre llevaban consigo adonde iban. Al mismo tiempo, la noticia de la quema de la tumba del Patriarca  de José de Egipto, en territorio palestino e israelí, hizo estremecer los fuertes cimientos de María Elena y su familia. La noticia recalcaba que los turistas judíos que intentaban visitar la tumba, iban siempre acompañados del ejército fuertemente armado para evitar conflictos. Se percató que compartir el evangelio, era cosa de gravísima seriedad, y que más que los bienes materiales y privilegios que les aportaba ser pastores, lo más importante o relevante era el amor a Cristo y la lealtad hacia él.

Cuando desembarcaron de su avión privado en Ámsterdam, de seguida se dirigieron toda la familia y su equipo, a instalarse en las mejores habitaciones del hotel de la ciudad, descansaron, y en la tarde se fueron a la más importante iglesia evangélica, donde les esperaban una multitud, para predicarles. María Elena contaba un pasaje del evangelio cuando la iglesia fue invadida por tres hombres armados, todos vestidos de negro, con las caras tapadas con pañuelos. La conmoción general fue estremecedora. La gente gritaba  por Dios. Los hombres nerviosos, querían llevarse a la Pastora, era una especie de secuestro. Robándole el micrófono se justificaron al público diciendo que estaba predicando en contra de su iglesia, una que nadie conocía. Entonces Pedro, asistiendo a la escena, petrificado, dejando su hija en brazos de una desconocida, gritó desde el centro de la gente, mientras se abría camino para llegar a su mujer:

-  ELLA ES INOCENTE.

Los hombres, incrédulos, insistieron así mismo en llevársela, pero él se ofreció en su lugar, María Elena le suplicó que no lo hiciera, que ellos desistirían en nombre de Dios.

En medio a la confusión, la luz se apagó y un fuerte terremoto hizo temblar la tierra, derrumbando las casas  adosadas, menos la iglesia. Entonces, una luz muy fuerte, que ya conocía María Elena, surgió de la nada, y una voz, esta vez sin una presencia, expulsó claramente a los hombres armados, quienes obedecieron despavoridos.

Lo sobrenatural volvía a dar resguardar a su familia delante de ojos despavoridos, que contaron de boca en boca lo que había ocurrido allí aquella noche.

El ministerio de María Elena  y Pedro duró toda su vida, a la cual habían renunciado para entregarla a Cristo, y no volvieron a sufrir ningún otro percance.


NUEVA PUBLICACIÓN

Escrito por tatianabcn 30-08-2016 en Donde comprar mis libros. Comentarios (0)

Hija de la Promesa

Por Tatiana Ortiz Barbosa

Tapa dura, 52 Páginas 

     (1 calificaciones)

Hija de la Promesa

Precio Normal: 26,95 €

Precio 10,78 € (IVA excluido)

Ahorras: 16,17 € ( 60% )

Se imprime en un plazo de 3 a 5 días laborales

Este libro de prosa versada es un hijo que recién acabo de parir, a día de hoy 29- 08-2016. En él trato temas muy singulares como el amor de distancia, pero no un amor corriente, sino un amor espiritual de dependencia y abnegación. Una playa, una mujer sola, el deseo de reencontrar al objeto de su amor, la soledad, unos rayos que transforman la arena en diamantes, el cumplimiento de la promesa...

PROYECTO TERMINADO

Escrito por tatianabcn 30-08-2016 en Donde comprar mis libros. Comentarios (0)

POEMAS DE LAS BUENAS LUNAS DE ABRIL

Por Tatiana Ortiz Barbosa
Ver lo destacado de este autor

Tapa dura, 52 Páginas 

     Este artículo no ha recibido aún ninguna calificación

POEMAS DE LAS BUENAS LUNAS DE ABRIL

Vista previa

Precio Normal: 26,50 €

Precio 10,60 € (IVA excluido)

Ahorras: 15,90 € ( 60% )

Se imprime en un plazo de 3 a 5 días laborales

Este es un poemario super especial porque trata mi evolución poética de este año. Una evolución cuidadosa que se hace notar del principio al final. Trato multitud de temas interesantes, como el amor, la tristeza, el abandono, etc todos como una camaleona que va cambiando de piel mientras el libro avanza. Espero que lo disfrutéis de corazón. Amén.

Eres mía

Escrito por tatianabcn 27-08-2016 en Poesía. Comentarios (0)

Castillos de arena e inspiración contruyo en esa playa de tu presencia aún desierta. Mis cabellos no se secan y crecen como algas marinas hasta las rodillas dobladas. Todos los días me iluminas con el sol de tu mirada en el cielo imponente.

Vuelve, Santo de Israel, vuelve,  que mis pulsos ya no siento de tanto esperarte en este lado de la vida. Los elementos me gobiernan, pero te busco a ti, a tu propia sujeción, no más quiero tesoros de esta tierra, tanto es el sol, tanto es el mar, tanto es todo el suelo fuerte…anhelo escalar tu colina desde el primer peldaño de esta escalera infinita.

Mis ojos son dos estrellas que late mi corazón en ellas. Dame la luz que me prometiste para verte tangente y yo aunque doliente te demostraré que estoy viva y aunque fecunda parece que nunca tendré simiente. Dame Señor de mis alas, dame un poco de tu aliento para que en él yo alce un vuelo de esperanza para llegar esta tarde antigua a verte como un soplo del viento.

Escucha el llanto de los huracanes de mis vísceras donde todo lo ocupas. No me dejes, Casa del pez vivo, no abandones a la hija de tus promesas en esta playa que es un campo de trigo cuyas pequeñas espigas son granitos de arenas concatenados.

Solo silencio, silencio de espuma blanca y soledad…

Los peces son llevados por las ondas tristes a la orilla de mis pensamientos. Desarraigo que acarrea olvido, es lo que siento. Dolor que emborracha la memoria borrosa, es lo que rompe.

No, no acepto todas las cosas que me hieren y huyen como la luna cuando amanece. Vuelve Amante de mis ocasos, Estrella primera de la mañana, Ojos de estas aguas delirantes. Dulce miel y tibia voz traías en tu prosa. Escribiste con letras rectas la historia de mi vida y tu promesa dichosa.

Escucha mi pecho ansioso, escucha como  el corazón toca el piano del horizonte lejano donde llamando por ti mi voz no te  roza…

¿Soy importante para ti Luz del Universo?

Respóndeme lo ruego por amor a mis ancestros. Porque yo sin ti no soy nada, nada tengo, ni nada soy como una mariposa melancólica dibujada en la arena. Las ondas la recorren  deshaciendo su contorno para borrarla en este tiempo de espera lejano y distante. Cualquier otro tiempo parece haber sido mejor cuando con delirio te llamo y no escucho respuesta.

Mi voz no te alcanza, pero llegan sus ondas al otro lado de las montañas ajenas. Vuelve…Vuelve, oh, por amor a Dios, vuelve, Faro de esta playa ausente…

Sospecho que mi hora mía me es llegada, tú no llegas y me creo abandonada. La soledad me hace delirar y tiritar el frío húmedo que los huesos calan.

Quien eres tú, quien eres…

Al menos contéstame a esta oración sin puerto. Vago por estas tierras porque aquí me anclaste, yo sin saber si mis lunas te son buenas, si mis manos te son siervos, si mi vida te es preciosa. Dime al menos entonces:

Ohhh…quien soy yo, quien soy…

Eres mía, mía eres…

Ohhh, Viento de mis pulmones, Estrella que me abriga, no me has abandonado, has vuelto! Sus cabellos revueltos y sus ojos morenos me hablaban sus pies plantados en el agua.

Esta noche habrá tormenta. Truenos esculpirán en la arena cristales resonantes de diamante, tú eres el más pulido, el más trabajado en la soledad abnegada, en la esperanza de la fe fecunda. Todo es para ti, todo, porque eres mía, mía eres como el oxígeno por Dios fue hecho. Yo te he hecho a ti como el molde de un vaso firme.

Sed de mi pecho latiente, las aguas de estas playas me salan la vida. Sácame de aquí, Amo del aire furioso. Llévame contigo antes que empiece esta tormenta magnética de mis tristezas y la atmósfera.

La lluvia se hace presente chapurreando el agua valiente y agitada. Abrígate en la piel de mi abrigo mi alma. Hasta él voy y me caigo en su regazo, regazo de padre y hermano, de Señor y Amo. La tempestad del verano empieza sus rayos a romper con fuerza en la arena, nosotros en el centro, ellos desviados solo por el viento. La arena implosiona creando raros cristales que surgen con formas dolorosas y claras.

No estoy acostumbrada a esta tristeza de saber que te vas en cuanto cese la tormenta donde veo reflejadas mis angustias. Fueron muchos los siglos que aquí pasé sola en esta costa  donde solo rezaba el tibio recuerdo…